viernes, 19 de agosto de 2011

Dos saltos a la felicidad.

Deslizaba sus finos dedos por los cabellos que caían en su hombro desnudo, se vestía lentamente esperando que el día no acabara. Sonreía de ver sus zapatos manchados, sonreía al saborear lo mal que estaba la comida, sonrió cuando el cartero se equivoco de encomienda... y las nubes sobre ella no existían, la llovizna era bien recibida mientras jugaba con las gotas que caían sobre su rostro, daba mil vueltas a la corriente del viento, unos pequeños saltos para demostrar que no era un sueño, todo un goce con la vida, pues le había enseñado que no hay limites para amar, que sus sentimientos hay que vivirlos y ahora es el momento, mientras no lastimes a nadie vive tu vida como tu quieras por que es tú único regalo, tu única elección.

domingo, 14 de agosto de 2011

Marcela.




Y todos los días iba a visitar a mi amiga Marcela, nos reuníamos en el café Quitor a eso de las 7 de la tarde para tomarnos un café y de paso mirar a dos garzones que se veían bastantes aceptables para ser nuestros pretendientes, claro que eso sólo yacía en nuestras fantasías, porque según Marcela, ambos tenían novia y uno de ellos tiene un hijo.
Hablábamos un poco de política y de algunos acontecimientos nacionales, algo de las películas que hemos visto y eso sería todo. Yo nunca he sido buena para llevar una conversación y sufro bastante cuando hay alguien que es peor que yo, mejor dicho, cuando hay alguien a quien no le interesa lo que tu hablas, aunque en realidad a mi tampoco me interesaba.
El silencio se rompió (y para mal) cuando preguntó por Amelia, la misma pregunta que me hacía una o dos veces cada semana desde su muerte, y las ideas que tenía para explicarle todo desde el principio ya se me agotaban. La mire como su cómplice, como si ella fuese acreedora de una verdad tan importante que había que mantenerla oculta de nuestros enemigos, entonces sucedió algo que no había sucedido en las últimas cuatro semanas, mencionó sólo una palabra para entenderlo y esa palabra fue libertad. Amelia había sido liberada, eso decía y cuando repetía eso, la tristeza se apoderaba de la situación como nube negra de la ciudad o como las fuerzas armadas en pleno 21 de mayo, de la televisión nacional.
Cuando la miraba para buscar algún indicio de alegría en sus ojos sólo encontraba falsedad y un indiscutible deseo hacía la muerte, porque el brillo que emanaba las semanas anteriores, se había esfumado como el humo de las grandes industrias, que acallan aún más su crimen contra la vida.
Aunque ella jamás ha intentado dejar este mundo, sé que es lo que mas desea, mira todo desde una pena tan grande que me siento diminuta e inútil, porque lo que más quisiera en la vida es devolver la inocencia y alegría a los espacios más ocultos de su corazón, a los rincones más camuflados de sus pensamientos.
Y esa pena la acompaña siempre, el resto de los días y semanas donde nuevamente hace preguntas y encuentra las respuestas en sus memorias recónditas. a pesar de que olvidaba y negaba una muerte inminente, no olvida así también su pena, la tristeza que se apodera de ella aunque no consciente de su razón. Amelia ya no era la culpable, yo no era la culpable, sus padres no eran los culpables, la única culpable era la vida, y lo que ella más quería era acabar con la suya, su más hermosa venganza por la dicha que le había arrebatado.


domingo, 7 de agosto de 2011

Cambios,

Ya la vida no era la misma, se sentía en el aire un olor a descontento. Mis manos empuñadas de ira manchaban la pared del vecino, y eran las primeras marcas de que la vida había cambiado.
Lo noté cuando salí de casa a dejar tus ropas a la basura, pero frente al contenedor mi llanto no me permitió tirar tu esencia, lo único que me queda.
Y esa idea maldita de recordar los buenos momentos están impregnadas en tus cosas.
Resultaría más fácil ver detalladamente mis memorias, ver tus errores, lamentarme y odiarte, porque así sería más fácil cerrar el ciclo, odiándote sería mas fácil deshacerme de tu recuerdo, torturándome con los vagos momentos en que lloré por ti, la amargura de vivir contigo. Aquel es el verdadero consuelo, el verdadero proceso que debo superar para dejarte atrás... pero Lucía yo te sigo amando... hoy más que nunca, porque vives en un recuerdo inmortal, una idealización tonta que he creado para protegerte del olvido.